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El amor a la medicina y la crisis del territorio

Muchas comunidades indígenas se encuentran intervenidas por una diversidad de actores interesados en los usos ceremoniales y terapéuticos de sus plantas milenarias con propiedades alucinógenas o psicotrópicas. Y, sin embargo, dentro de los círculos psiconautas suele desatenderse el hecho de que estos mismos pueblos están viviendo un periodo de violencia opresiva por parte de los carteles de droga que son el mayor éxito económico y cultural de la farmacopea psicotrópica.

El 22 de septiembre, seis jóvenes wixáritari entre la edad de 16 y 32 años fueron desaparecidos en un camino que zigzaguea la frontera entre los estados mexicanos de Jalisco y Zacatecas. Parientes y amigos confirman que los jóvenes habían salido para realizar una cacería tradicional. A los pocos días, cuatro de los seis cuerpos fueron hallados con las marcas de tortura que son ya demasiado comunes en un país que sirve como un centro para el crimen organizado a servicio del apetito global por las drogas. La amenaza de la violencia causada por el acaparamiento de tierras, el uso de caminos para mover productos, y la captura de mano de obra por estos agentes ha creado un ambiente intolerable para el pueblo wixárika, así como para un sin número de comunidades indígenas y campesinas de México y Abya Yala.

Desde hacía varios años he buscado ponerle palabras a mi creciente inquietud entre los paralelos que podrían o no tener la comercialización de los psicodélicos y las plantas sagradas con las décadas de violencia a base de la industria de otras sustancias estupefacientes. ¿Cómo podemos sensibilizarnos a las realidades abrumadoras que viven los pueblos originarios a base de la extracción de petróleo y metales, de la reconfiguración territorial a servicio de la palma africana o la soya transgénica, o, de la industria de la heroína o del fentanilo? Muchas de estas mismas comunidades se encuentran intervenidas por una diversidad de actores interesados en sus usos ceremoniales y terapéuticos de plantas milenarias con propiedades alucinógenas o psicotrópicas. Y sin embargo, dentro de los círculos psiconautas suele desatenderse el hecho de que estos mismos pueblos están viviendo un periodo de violencia opresiva por parte de los carteles de droga que son el mayor éxito económico y cultural de la farmacopea psicotrópica.

Miguel Evanjoy de la Unión de Médicos Indígenas Yageceros de la Amazonía Colombiana es de las personas que más elocuentemente ha expuesto sobre este contraste al ubicar el actual boom en el uso de yagé dentro de la historia colonial y moderna en el que el Putumayo ha vivido una extracción tras otra y cientos de años de violencia, como fueron las invasiones de la economías de la cocaína y del caucho. Antes una planta medicinal de uso variado, la coca (como el tabaco) se alejó de sus usos y cosechas tradicionales y culturalmente mediadas, y se transformó en objeto de sobreconsumo, en una sustancia que daña la salud, y en un objeto que ha dado un lucro exponencial y legendario a unos cuantos. Es una gran tragedia de nuestra historia moderna esa la de transformar algo curativo en un veneno.

La dosis y su cadena

De los señalamientos iniciales que hacen Shultes y Hoffman en su celebrado libro, Plantas de los Dioses (1979), es el hecho de que las plantas contienen sustancias tóxicas, el detalle se encuentra en lo que ahora se debate en los congresos y en las tertulias: la dosis y el ambiente, ‘dose, set and setting’. Paralelamente, en sus conferencias publicadas en The Nature of Drugs (2020), Alexander Shulgin se acerca al mundo de las drogas como una oportunidad para detenernos y educarnos sobre nuestra relación con las sustancias que ingerimos. Nuestros cuerpos son complejos y maravillosos por lo que nuestras relaciones con diferentes sustancias pueden tener diferentes fines y efectos, sean estos sanadores o dañinos. Yo añadiría que habría también que detenernos en la cadena de producción y las cartografías de vidas y muertes que son moldeadas por el movimiento y la relación con una sustancia, sea esta una planta o un químico.

Actualmente vivo en la Bahía de San Francisco que es uno de los lugares más emblemáticos dentro de la historia de la psicodelia. Los últimos años de la década de 1960 consolidaron a San Francisco como la cuna del amor libre, del “estás experimentado” de Jimi Hendrix, los conciertos con luces psicodélicas y el tie dye. El ácido lisérgico era el protagonista principal y muchos recuentan que no tardó el público en dirigirse hacia otras sustancias, algunas de ellas profundamente destructivas. Aquí se habla de los años posteriores como el principio del fin del movimiento psicodélico de paz y amor, así como de los movimientos sociales. Es un periodo que marca el inicio de la “Guerra contra las drogas” de Richard Nixon como una poderosa política de Estado que vio el ascenso del sistema carcelario, así como el flujo de armas y de mafias trasnacionales. Ya para los setentas y ochentas se comenzaron a ver las muertes lentas en las calles que antes habían tenido mítines políticos y palomazos musicales.

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Ahora somos la imagen pública de la crisis de la drogadicción a plena vista en una de las regiones más caras del mundo. Algunos datos hasta indican que en San Francisco durante los momentos más agudos de infección y muerte por COVID-19 en el 2021, seguían habiendo más casos de muertes por sobredosis. ¡Los números más recientes cuentan de un incremento en muertes por sobredosis de un 30%, 93,000 en el 2020 en Estados Unidos solo por opioides! Se dice que la pandemia agudizó nuestra sed por las pastillas, las botellas, hasta los cigarrillos de marihuana y las tomas de ayahuasca. Intentamos ocultar la realidad de que muchos jóvenes que conocemos están muriendo por una sobredosis de alguno de los opioides disponibles. Mueren en sus recámaras, en casa de sus padres, tras un último like en sus redes sociales.

La otra cara de esta moneda se vive a diario en los pueblos de México. Desde la huella del cristal que ya penetró varias comunidades, a la desaparición de jóvenes forzados a trabajar en los campos de droga. Quiero enfatizar que la actual generación de jóvenes—particularmente los jóvenes indígenas y afrodescendientes—están viviendo un panorama invadido por la normatividad de la industria ilícita que mueve cosas, personas, dinero, vidas y muertes.

Un ejemplo representativo se vive en las localidades Yaqui de Sonora donde se lucha por el derecho al territorio y en contra el despojo al agua, pero también se lucha contra la drogadicción y la sombra imperante de varios carteles que han tomado el territorio. Uno no sabe si están desapareciendo a hombres por su filiación con la lucha por el territorio o por algún resultado del reino que tiene el crimen organizado en la periferia de las comunidades ancestrales. Vayamos a Guerrero, Chiapas, Veracruz, las ‘regiones de refugio’ han sido invadidas. El despojo ha tomado muchas formas y se ha vivido a mano de varios agentes e instituciones, pero difícilmente enfrentamos el resultado de nuestro consumo. ¿Qué pasará cuando queremos acceso a mayores cantidades de ayahuasca, peyote, kambô, ibogaína? ¿Cuáles serán las cadenas de producción que estaremos desatando y que ya estamos desatando?

Cartografías entretejidas de deseo y despojo

No debería de sorprendernos el éxito de los muchachos como Natanael Cano que crearon el género del ‘corrido tumbado’ en California que ahora se escucha en los barrios de Sacramento y Zacatecas. Las drogas, esas que llamamos nuestras medicinas, y nuestro afecto hacia ellas es un tema popular como los vasos de plástico rojo de los vídeos musicales. En una plática reciente con el escritor Roberto Lovato, pude finalmente articular mi temor de un mundo aun más distópico, uno en donde algunas plantas sagradas verán un futuro en el que se valoran al igual que el café, la soya, la marihuana y otros grandes monocultivos producidos de tierras y cuerpos despojados en Abya Yala. Producen los mismos caminos históricos, tal como argumenta el antropólogo mazateco, Osiris García, sobre la ruta del café y la ruta de los hongos como paralelos y entretejidos cuando analizamos el sistema de poder que se empalma entre caciques y terratenientes, políticos locales y agentes empresariales a varias escalas.

Para algunxs ha sido grata la economía que ha permitido la ayahuasca, los hongos y el sapo ahora que están al alcance de nuevos consumidores. Esta economía incluye honorarios para chamanes, materiales para ceremonias, retiros boutique y encuentros rústicos, traslados, honorarios para “músicos-medicina” y masajistas, artesanía, nuevas marcas alternativas. Vivimos un momento en el que estamos ante el albor de lo que parece ser una revolución en el mundo del consumo normativo de las plantas alucinógenas y las sustancias químicas análogas.

Es por ello urgente estar atentxs al panorama actual de los psicodélicos por lo que nos dice de la reproducción del poder y el desfile de intereses que están presentes en el mundo del estudio, de la producción, del intercambio y uso de las sustancias psicotrópicas. Por eso es imperativo preguntarnos cómo coexisten o se ‘afectan’ y son ‘afectados’ los mundos del consumo de las plantas originarias en sus lugares endémicos, en sus lugares de cultivo comercial, o en las geografías donde se producen los análogos químicos. Cómo afirma la artista y activista tukana, Daiara Tukano, en una entrevista con Chacruna, las comunidades originarias de la Amazonía y sus tradiciones milenarias con plantas psicotrópicas no van a curar los problemas de los pueblos del Norte, no van a aliviar por si solos la crisis de salud mental. Con esto en mente, cierro esta reflexión deseando ver mayor diálogo dentro de la comunidad psicodélica sobre las realidades ocasionadas por la historia del tráfico de otras sustancias para así mejor entender la centralidad de las luchas por el territorio, por el agua, por los bosques y la autonomía de los pueblos originarios. Esta conversación importa porque las vidas y los territorios importan ahora más que nunca.

Portada de Fernanda Cervantes.

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