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Nina Graboi: Una mujer olvidada en el saber psicodélico

Nina Graboi fue una pionera exploradora psicodélica en el período de posguerra, que rechazó el rol asignado de ama de casa sometida. El ensayo de Chris Elcock relata la notable vida de Graboi, desde su temprana amistad con Timothy Leary y su inmersión en la incipiente escena psicodélica de la ciudad de Nueva York, hasta su liderazgo en el radical Centro de la Liga del Descubrimiento Espiritual (Center of the League of Spiritual Discovery).

Es noviembre de 2012. Acabo de comenzar mi investigación sobre la historia del LSD y esta es la primera vez que visito los Estados Unidos. Me dirijo a la biblioteca de la Universidad de Santa Cruz, donde examinaré una colección en los archivos. Me saluda Nicholas Meriwether, conocido por dirigir la colección local Grateful Dead. He informado al personal sobre mi visita y en su sonrisa hay cierto aire de anticipación y expectativa. “Estoy aquí para ver los papeles de Nina Graboi”, le dijo. Su rostro se ilumina y se dirige a mí como un verdadero californiano “¡Amigo, ella tuvo una vida increíble!”.

La colección no está clasificada y su análisis requiere de mucho tiempo; bien puedo ser el primer investigador en analizarla. De una caja viene una colorida prenda de vestir que perteneció a Timothy Leary. “totalmente asombroso, maldita sea”, susurra Nicholas, mientras lo revisamos de manera cuidadosa. Para mí, este es el primer contacto con un ícono de los psicodélicos años sesenta. Puedo notar un ligero zumbido, pero apenas me estoy adentrando en todo esto, y todavía no sé quién fue Nina Graboi. Nicholas me dice que tome una copia de su autobiografía. Desde ya sé que One Foot in the Future será una fuente importante para mi proyecto.

Una refugiada judía en la ciudad de Nueva York

Nina Graboi nació en Viena, al final de la Primera Guerra Mundial, y se crio en la próspera comunidad judía de Leopoldstadt. Cuando los nazis tomaran Austria, ella escapó a Londres, donde tomó varios trabajos mal pagados. Parte de su familia se había trasladado a Bélgica y durante una visita conoció a Michel, su esposo. La guerra estalló y la Línea Maginot se derrumbó. Después de un año viviendo bajo la ocupación alemana, los recién casados fueron introducidos de manera clandestina en la Francia Libre. Finalmente abordaron el S/S Wyoming en Marsella, y después de un desafortunado periodo de seis semanas en un campo de detención marroquí, finalmente llegaron a Nueva York.

Por fin habían quedade atrás los horrores de la Europa fascista. Establecieron una empresa textil que pronto empleó a decenas de personas. Su exitosa empresa les permitió construir su propia y amplia casa en Long Island. Tuvieron dos hijos, Dan y Nicole. Contrataron a una niñera para cuidar a los niños, un ama de llaves, un jardinero y un mayordomo que le llevaba el desayuno a la cama todos los días. “En resumen, era el sueño americano”, escribió Graboi.

Pero algo andaba mal. Trasladarse a los suburbios la distanció de sus hermanos que habían emigrado a Manhattan. Mientras Michel viajaba a la ciudad para atender el negocio, Nina se convirtió en una ama de casa modelo y entretenía a sus nuevos amigos con espléndidas fiestas. Durante todo el tiempo que estuvieron huyendo por Europa, nunca llegó a conocer realmente a su marido, y resultó que él no era el hombre que ella esperaba. El aburrimiento y el vacío del conformismo de la posguerra se asentaron en su hogar lentamente.

Tenía que haber más en la vida que eso. En su búsqueda de un mayor significado, se había inclinado hacia la espiritualidad y la meditación alternativas. Pero a principios de los sesenta en las páginas de la revista Time, empezó a aparecer el asunto de los psicodélicos. Estaba encantada con la posibilidad de experimentar estados excepcionales de conciencia, incluso como una mujer que siempre había despreciado las “drogas”. Finalmente conoció y se hizo amiga de Timothy Leary, el exprofesor de Harvard convertido en proselitista del LSD e ícono contracultural de la década, y junto a él se convirtió en abanderada del movimiento psicodélico estadounidense.

La odisea psicodélica de Graboi ofrece un relato íntimo de una mujer que comprendió plenamente el poder transformador de la experiencia psicodélica.

La odisea psicodélica de Graboi ofrece un relato íntimo de una mujer que comprendió plenamente el poder transformador de la experiencia psicodélica. Antes de experimentar con psicodélicos admitía abiertamente ser de clase media y ajustarse a los estereotipos de género de su época. Pero después de tomar LSD, en 1966, su perspectiva sobre la sociedad de la posguerra cambió radicalmente. “Lo que una vez había tomado por realidad ahora parecía un sinsentido. Las hipocresías y los engaños en los que yo, como la mayoría de la gente, había pasado mi vida, estaban desnudos ante mí”. A raíz de la experiencia, cerró su cuenta bancaria y se divorció de su esposo, Michel.

El movimiento psicodélico y el Centro de la Liga Para El Descubrimiento Espiritual

La experiencia psicodélica transformadora llevó a Graboi a participar activamente en la vibrante escena psicodélica de Nueva York. En septiembre de 1966, Graboi aceptó la oferta de Leary de dirigir el recién fundado Centro de la Liga para el Descubrimiento Espiritual en Manhattan, que se instaló en una destartalada tienda de Greenwich Village. La Liga es mejor recordada por ser parte de la propia religión psicodélica de Leary. En ese momento, el sumo sacerdote del LSD enfrentaba una larga sentencia de cárcel por “contrabando” de cannabis. En un intento de vencer los cargos, Leary planteaba los psicodélicos como complementos espirituales que deben estar protegidos por la libertad religiosa.

Pero, ¿qué sucedía realmente tras los muros del Centro? Tanto los entusiastas como los que no consumían drogas podían tener acceso a información sobre psicodélicos y unirse a las sesiones diarias de meditación que ahí se realizaban. Todo esto no habría sucedido sin la dedicación de Graboi, pues “como directora, podía hacer mucho para preparar a aquellos que estaban decididos a probar [psicodélicos], desanimar a aquellos para quienes podrían ser perjudiciales y aconsejar a aquellos que estaban tratando de integrar la experiencia”. En una ocasión, por ejemplo, el artista psicodélico Martin Carey asistió al Centro y ahí fue llevado a su espacio de apoyo y contención:

Había una máquina de luz en el centro y una música suave india sonando, y había velas e incienso… De repente, sentí que tropezaba. Por un momento estuve realmente asustado, y pensé, bueno, si tiene que suceder, este es el lugar. Por supuesto, tan pronto como dejé de tener miedo, toda esa sensación se detuvo. Richard Alpert estaba hablando y había fotografías de Timothy Leary a lo largo de la pared. En toda la sala, en todo el entorno, había una sensación de la experiencia de un mártir católico. Me senté en la parte de atrás, era una habitación muy grande y estrecha […] con muchas otras personas que estaban vibrando a un nivel muy alto y se sentían atraídas por eso.

El Centro era más que un lugar para la espiritualidad psicodélica. Como punto de acceso para la contracultura de Nueva York, se invitó a los asistentes a la Liga a sentarse en el suelo, en el lugar de las sillas, que eran “como el pelo corto, una insignia del mundo heterosexual”. También, Graboi decidió remover un cartel para que la gente que no tirara basura, porque “traería visiones y sensaciones del estado policial a las mentes de los jóvenes desertores y los provocaría a actos contrarios”. En cambio, un miembro del personal dibujó una diosa psicodélica que presentaba una leyenda mucho más suave: “No seas una un bicho de la basura”.

Sin embargo, la participación de Graboi en la Liga no se limitó a la gestión del Centro. En cierto momento, dio una charla sobre espiritualidad psicodélica en la catedral de Riverside Drive, pero la diversidad de la multitud la puso un poco nerviosa: “Los rostros que me escudriñaban mientras estaba detrás del atril eran jóvenes, de entre veinte y treinta años. Algunos estaban abiertos, pero reservados. Diferente a la hostilidad cerrada que conocía de algunos de los visitantes del Centro”. Pero gradualmente creció y se fortaleció, de modo tal que hasta bromeaba abiertamente sobre su consumo de drogas: “Hasta hace un año yo era ciudadana respetuosa de la ley. Luego fumé marihuana y me convertí en una criminal”. Presentaba elocuentemente la experiencia psicodélica como una forma de aliviar el miedo perenne a la muerte, y dejaba tal impresión en algunos de los asistentes que luego, algunos, le preguntaban dónde podían conseguir un poco de ácido.

El legado psicodélico de Nina Graboi

La historia de la participación de Nina Graboi con el movimiento psicodélico es significativa, porque desafía la idea de que la contracultura psicodélica de la década de 1960 era estrictamente un mundo de hombres, y que las mujeres eran figuras periféricas que debían reproducir los estereotipos de género y estar sexualmente disponibles para los hombres (como sugeriría la inclinación de Leary por ser mujeriego). Sin duda, la influencia de Leary era grande, tanto que el Centro estaba decorado con mandalas y fotografías suyas, en tanto sumo sacerdote. Pero Graboi no estaba impresionada por su culto a la personalidad. En una ocasión, dos jóvenes estaban en proceso repintar el techo, pero habían descubierto grandes placas de bronce debajo del yeso. Aunque Graboi pensaba que las placas le daban a la habitación un encanto único, se quería pintar sobre ellas porque Leary les había dicho que “todo el metal debería devolverse bajo tierra”. Se rio tanto que las lágrimas corrieron por sus mejillas.

La historia de la participación de Nina Graboi con el movimiento psicodélico es significativa, porque desafía la idea de que la contracultura psicodélica de la década de 1960 era estrictamente un mundo de hombres.

Esta anécdota apuntala a otro error popular en torno a la contracultura de los sesenta, supuestamente joven, ingenua y ajena al trabajo. La Liga ciertamente recibió críticas por supuestamente alentar el uso de drogas ilegales (de hecho, las drogas estaban estrictamente prohibidas en las instalaciones); sin embargo, algunos de esos críticos se asombraron al ver voluntarios entusiastas ayudándola a renovar el escaparate: “Fue una vista agradable: cuatro chicos adolescentes, de pelo largo con cuentas, camisas coloridas y pantalones remendados, empuñando alegremente destornilladores, martillos y sierras”, tanto que muchos terminaron moderando sus puntos de vista sobre los psicodélicos y la Liga gracias a ella y a su trabajo.

¿Hacia una historia de mujeres y psicodélicos?

La comunidad psicodélica internacional se está volviendo cada vez más consciente de que las narrativas de la historia de los psicodélicos han estado dominadas por los hombres. Sin duda, estrellas psicodélicas como Tim Leary, Aldous Huxley, Ken Kesey, junto con todos los psiquiatras masculinos que realizaban investigaciones psicodélicas en ese momento, son los actores principales en la mayoría de los relatos. ¿Es esto producto del sesgo masculino en el proceso de escritura de la historia?, ¿de la realidad de las relaciones de género de la época?, ¿de una desafortunada ausencia de fuentes primarias?, ¿o una combinación de todo lo anterior? En cualquier caso, la historia de Nina Graboi es una prueba de que estas historias están ahí, si nos esforzamos un poco en buscarlas.

  • Nota del autor: Quisiera agradecer a Ralph Abraham por permitirme reproducir ilustraciones de la autobiografía de Graboi, y a Erika Dyck y Bia Labate por darme la oportunidad de publicar este artículo.or allowing me to reproduce illustrations of Graboi’s autobiography, and Erika Dyck and Bia Labate for giving me the opportunity to publish this piece.

Portada de Marialba Quesada.

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