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El proceso de duelo con la liana de los muertos

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C.R no conocía demasiado a su prima, hasta que una mañana se instaló en su casa porque no se sentía capaz de cuidar de sí misma. A partir de entonces, compartieron un intenso periodo de confesiones en el que le anunció su intención de quitarse la vida. Finalmente, recibió la llamada que temía. Su prima le comunicó que había arreglado su funeral y estaba completamente segura de lo que iba a hacer. Dos días después, la encontraban muerta en su cama, junto a una nota que decía: la vida no es buena ni mala, simplemente es lo que es. .

“Fui a una sesión de ayahuasca una semana después porque necesitaba sanar algo en mi cuerpo. Era un día soleado, así que salí fuera y me quedé bajo los árboles. Una facilitadora se acercó y me dijo que había escuchado acerca del fallecimiento de mi prima. Comencé a contarle la historia pero, de repente, comencé a llorar y a gritar muy alto su nombre. Pude sentir el sufrimiento y el dolor que padeció este único e importante ser humano al dejar nuestro planeta, sólo porque no hubo suficiente amor, no hubo suficiente apoyo en su vida, ni ninguna institución que le ofreciese apoyo, a excepción del psiquiátrico, para el cual era demasiado lúcida e inteligente. Sentí que todos los seres de este planeta éramos responsables, y a la vez, que todo estaba bien, que todo tuvo que ser de este modo. Lloré hasta que el dolor me sobrepasó. Pensé…wow…yo perdí a mi padre de la misma forma, y hasta ahora no sabía lo que era realmente el duelo, porque cuando experimentamos realmente el duelo, todo se limpia y se libera. Ahora sé lo que es el duelo en toda su crudeza, tal y como los elefantes y los monos, sienten dolor ante las pérdidas. Es algo bello, verdadero, profundo y transformador. No hemos aprendido en nuestra sociedad a procesar el dolor permitiendo que el cuerpo se exprese completamente. Gracias, ayahuasca gracias.” (CR)

Éste es uno de los 37 relatos recogidos en un estudio, realizado por la Fundación ICEERS, para explorar el potencial terapéutico de la ayahuasca en los procesos de duelo[1]. El estudio evaluó el nivel de dolor causado por la muerte de un familiar en 60 personas, encontrando que aquellos que habían tomado ayahuasca presentaban una intensidad significativamente menor de dolor que un grupo homólogo que asistía habitualmente a sesiones de ayuda mutua. Además, los participantes que habían tomado ayahuasca presentaban un mayor número de variables relacionadas con el crecimiento personal, como la capacidad de otorgarle sentido a la vida. No obstante, es posible que lo más interesante del estudio se desprenda del análisis cualitativo de las experiencias con ayahuasca, ya que permiten vislumbrar parte de los mecanismos psicológicos que mediaron este efecto terapéutico. En el presente artículo se publican algunos de los 14 relatos que no pudieron incluirse en el estudio, pero que describen en detalle los mismos temas que relataron los participantes. El párrafo anterior gira en torno al tema más recurrente en las narraciones: la liberación de emociones facilitada por la ayahuasca.

El dolor por la separación o la muerte de nuestros seres queridos no es algo exclusivamente humano, si no que también se expresa en otras especies animales, como los mamíferos e incluso las aves. Sin embargo, la psique humana ha desarrollado unos mecanismos de defensa únicos para preservar la estructura del Ego, y reprimir el inconsolable dolor producido por la muerte de nuestros allegados. Es fácil encontrar personas que se vuelcan en su trabajo, en sus hijos, el alcohol o en cualquier otro objetivo, con tal de no pensar en el fallecimiento y desmoronarse. También es fácil encontrar personas que tratan de sustituir rápidamente aquella pareja, o aquel hijo que perdieron, buscando uno nuevo que cubra ese vacío. Años más tarde, una buena proporción de estos casos, acude a terapia manifestando las complicaciones psicosomáticas, los sentimientos de amargura o el vacío existencial que caracterizan al diagnóstico de duelo prolongado.

“Fue en la primera sesión donde la ayahuasca sacó de mis entrañas algo que ni sospechaba que tenía: no había aceptado la muerte de mi padre, hacía ya casi 5 años. Después de esa primera sesión sentí que había dejado atrás una gran carga. Pude llorar todo lo que no había llorado. Había estado enfadado con el mundo, con mi familia, conmigo mismo… y tras esa sesión todo acabó. Mi comprensión sobre la pérdida fue otra y llegó la calma… la relación con mi madre y el resto de familiares mejoró, ya no había culpa, sino un capítulo más a recordar con el corazón. Solo tengo palabras de agradecimiento por este regalo” (J.G).

La fase de confrontación con el dolor y aceptación de la pérdida es un sine qua non para avanzar en el proceso del duelo, por esta razón los distintos modelos terapéuticos tratan de facilitarla utilizando técnicas como la narración o escritura del momento traumático, la desensibilización sistemática imaginaria o la exposición. Sin embargo, es posible que la catarsis producida por la ayahuasca posea un potencial terapéutico mayor que el llanto que pueda emerger en una terapia convencional. La ayahuasca activa el sistema límbico provocando una intensificación de las emociones. La composición de las lágrimas varía significativamente en función del dolor, liberándose una mayor concentración de corticotropinas, y otras hormonas promotoras del estrés, cuando se intensifica la aflicción. Esta excreción fisiológica no sólo reduce el malestar subjetivo si no que, también, libera la tensión vinculada a los contenidos mentales relacionados con el fallecimiento y, a su vez, transforma el modo de comportarse ante ellos. Además, no podemos olvidar que la ayahuasca posee propiedades ansiolíticas y antidepresivas que perduran a medio plazo y que contiene varios componentes que promueven la neurogénesis y la neuroplasticidad, promoviendo la regeneración y reestructuración de redes neuronales.

Sin embargo, el duelo no es un estado de tristeza o depresión, si no un proceso personal, por lo que existe una amplia diversidad de mecanismos psicológicos que podrían ponerse en marcha a lo largo del proceso. En este estudio hemos recogido relatos que narran experiencias de profunda empatía por aquellos familiares que despertaron sentimientos ambiguos en los dolientes, derivando en una mayor comprensión, acercamiento emocional e incluso perdón; experiencias de reconstrucción de episodios biográficos que posibilitan la resignificación de la historia de vida e identidad del doliente; e incluso experiencias arquetípicas donde se producen sanaciones psicosomáticas espontáneas. No obstante, uno de los temas que merece especial atención emerge de aquellas relatos que describen el rencuentro con su ser querido. Estas experiencias podría albergar un potencial terapéutico difícilmente alcanzable con las técnicas que se emplean habitualmente en la práctica clínica, como la silla vacía o el diálogo imaginario con el fallecido.

Hacía tiempo que no sabía nada de ella, pero cuando L.G recibió la noticia del fallecimiento de su primer amor se le encogió el alma. A pesar de vivir en países distintos, habían compartido un intenso y bello romance durante varios años. Lo que más le dolió fue no haber podido despedirse de ella.

“Tuve una sesión de ayahuasca aproximadamente dos semanas después de la noticia. No tenía intenciones de superar el duelo o verla en mi viaje. Sin embargo, cuando ya estaba en la sesión ella apareció en mi mente. Mi cuerpo se puso boca abajo, como si la Tierra me llamara. Luego empecé a sentirla a ella venir, como si viniera desde muy lejos y por debajo de la Tierra. Sentí que venía hacia mí. Yo suelo ser muy escéptico para este tipo de cosas, pero durante el viaje de ayahuasca no hay escepticismo que valga. Podía sentirla y no tenía ninguna duda de que estaba viniendo hacia mí. Sentí su presencia, o energía, debajo de la Tierra, justo debajo de mí. Era como si estuviéramos cuerpo a cuerpo, uno frente al otro… ella debajo de La Tierra y yo por encima de ella. No escuché palabras ni vi su imagen, pero podía sentir que me decía que estaba bien, que había venido para despedirse. Yo lloraba mucho, le di un beso al suelo, le dije que la quería mucho y la dejé ir. Durante todo ese momento los perros que estaban cerca de la Maloka ladraban mucho. Para mí era una señal de que habían detectado un espíritu. Cuando ella se fue empecé a sentirme mejor y respirar aliviado. Tenía esa sensación de bienestar propia de la ayahuasca tras haber expulsado de tu cuerpo algo pendiente o que te incomodaba. Después del viaje, al conversarlo y reflexionarlo, sentí que esa había sido nuestra despedida. Tanto para ella, como para mí, era necesario tener esa despedida y en esa sesión la tuvimos. Después de esa experiencia empecé a aceptar su partida y entender que ella ahora está en otro plano”. (L.G)

El ser amado es parte de nosotros de forma literal, ya que nuestro cerebro ha configurado una amplia y compleja red neural conformada, no sólo por todas aquellas sensaciones y emociones que despertó en nosotros su presencia; no sólo por los recuerdos conscientes y olvidados que compartimos; no sólo por todo aquello que aprendimos de él; ni por la imagen que nos devolvía de nosotros mismos… si no, también, por aquellos sueños y deseos proyectados, por todo aquello que se quiso haber hecho y no pudo ser, por aquella respuesta que se esperaba y nunca llegó, por ese futuro que ya no tendrá lugar…

Durante las experiencias de rencuentro con el ser querido, aquellos que anhelaban el reconocimiento del difunto reciben un gesto de cariño; los que asistieron al sufrimiento de una muerte dolorosa pueden verles danzando y cantando por última vez; los que padecieron un aborto involuntario contemplan el aspecto físico y animado de la criatura; los que tenían deudas pendiente pueden ayudarles a salir del limbo; los que no llegaron a despedirse pueden decirse ese último adiós… En todos estos casos, la ayahuasca induce la proyección de una experiencia sensorial y emocional intensa que refleja todo aquello que no pudo ser. La posibilidad de experimentar este fenómeno de conciencia parece suficiente para resolver los asuntos pendientes y llenar, en parte, el vacío que dejó el ser amado. El efecto terapéutico puede llegar a ser igual de relevante al margen del grado de realidad que se le conceda a dichas experiencias.

No me gustaría finalizar este artículo sin hacer mención al sesgo más importante que podría contener este estudio al haber recibido únicamente experiencias que tuvieron un impacto positivo en el proceso de duelo. Sin embargo, todos estos casos reflejan, sin excepción, el inmenso potencial de la ayahuasca para impulsar y acelerar la tendencia natural del cuerpo para rencontrar su propio equilibrio y paliar el inconsolable dolor provocado por la presencia de la ausencia.

[1] González D, Carvalho M, Cantillo J, Aixalá M, Farré M. Potential Use of Ayahuasca in Grief Therapy. Omega (Westport). 2017; Jan 1:30222817710879.

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